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"La inspiración no es más que la recompensa del trabajo cotidiano"

Maurice Ravel
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Ballet clásico
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La era romántica
El ballet en Rusia
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La bella durmiente del bosque
Cascanueces
El lago de los cisnes
La danza en el siglo XX
   

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Ballet Clásico

Es un alto producto de civilización, muy organizado y fijado en base a reglas estrictas e invariables. Tiene su origen en los espectáculos realizados en las cortes de los reyes europeos, y encontramos una primera manifestación en Italia, en l489 con motivo de la boda de Galeazzo, duque de Milán con Isabel de Aragón, durante cuyo transcurso se ejecutaban danzas y canciones entre plato y plato del banquete. Catalina de Médicis lo lleva a Francia para entretenimiento de sus hijos y en l581, con motivo de otra boda real, la del duque de Joyeuse con Margarita de Lorena, la reina encomienda un espectáculo que se llamará “Ballet Comique de la Reine” y que será muy importante en el desarrollo de esta forma de danza. El rey Luis XIV debe su nombre de Rey Sol al hecho de haber aparecido a los cinco años en un ballet como Sol. Este apodo lo siguió toda su vida, siendo él mismo un eximio bailarín, amante de esta manifestación al punto de haber creado en 1661 La Academia de Música y Danza, hoy Opera de París. Ya estaba puesto el cimiento de lo que sería el más alto exponente de técnica física y representación teatral que la danza tiene. En el ballet clásico es muy importante la forma, que es un lenguaje estable, y la calidad emotiva podrá solamente depender del orden en que se encadenen los pasos y en la interpretación del bailarín. Los ritmos varían de acuerdo al carácter de cada danza. El ballet ha utilizado muchísimo la mímica sobretodo durante el desarrollo de obras con argumento, ya que es la forma de contar la historia. Ha despertado mucha polémica el hecho de cuál de los dos es más importante, pero una cosa es cierta más allá de las diferentes opiniones, y es que la danza es un espectáculo visual, y se interrelaciona con la mímica para enriquecimiento de la historia a contar.

El ballet, practicado y apoyado por nobles y reyes, cuyo primer texto data de 1588 (“Orquesographie” de Thoinot Arbeau), acertada combinación de la danza cortesana, la basse-danse, con la danza del pueblo, la haute-danse, saldrá de palacio con el retiro de Luis XIV en 1669. Así este arte podrá progresar hacia un espectáculo teatral público propiamente dicho que se irá independizando lentamente de la ópera gracias al trabajo denodado de maestros de baile, coreógrafos y bailarines, quienes estudiaron las posibilidades físicas y aportaron cambios al vestuario y al calzado. En Mayo de 1681 se estrena el Ballet “Le Triomphe de l’amour” en donde se presentan por primera vez cuatro bailarinas y en 1713 se abre la primera escuela de bailarines profesionales.

Entre las más famosas bailarinas se encuentran dos rivales célebres, Marie Camargo y Marie Sallé. Entre los hombres, Gaetano Vestris es la figura más importante del Siglo XVIII. Pero el gran reformador será Jean-Georges Noverre (París 1727-St.Germain 1810), quien crea el Ballet d’action, con importante contenido expresivo, dando un lugar preponderante no sólo a la técnica sino también a la mímica y a la faz interpretativa. Su pensamiento e ideario se encuentra en su libro “Cartas sobre la danza y el Ballet”. Será un alumno suyo, Jean Dauberval, quien dará un notable vuelco en esta evolución al crear el primer ballet en el que intervienen personajes de la vida cotidiana, granjeros y labriegos y no ya dioses del Olimpo como hasta entonces. “La Fille mal gardée” se estrena en 1789, quince días antes del estallido de la Revolución Francesa, y es una prueba cabal de las enseñanzas de Noverre puestas en práctica por Dauberval, en una obra plena de danzas campesinas, técnica clásica, mímica e interpretación que aún podemos disfrutar.




Un Ballet con genealogía

El ballet del cuál Heinz Spoerli hizo la coreografía para la Opera de París en 1981 y que enseguida estrena en Basilea con su propia compañía fue casi una novedad. Sin embargo, su tema se remonta a doscientos años lo que le confiere un valor histórico particular dentro del repertorio internacional. En efecto, la primera versión (con otro título) había sido la obra del coreógrafo francés Jean Dauberval (1742-1806), quien la había estrenado en el Gran Teatro de Burdeos, el 1° de Julio de 1789, sólo dos semanas antes del comienzo de la Revolución Francesa.

Casualmente, Dauberval crea un “ballet d’action” en el estilo de su maestro, el gran Jean-Georges Noverre. Fue esencialmente gracias a él que el ballet de la época había logrado superar el cuadro de simple “divertissement”. Esto, gracias a las reformas que concernieron la coreografía, el vestuario y los personajes. Yendo más lejos, Dauberval había reemplazado los seudo-pastores y los seudo-dioses por personas del pueblo, granjeros y aldeanos. En 1786 (año de “Las Bodas de Figaro” de Mozart) hizo, a partir de la misma pieza de Beaumarchais, un ballet que tituló “Le page inconstant”.

Según el autor francés Charles Maurice (en su “Historia anecdótica del teatro”), Dauberval toma la idea de “La fille mal gardée”, su ballet más célebre, de un grabado coloreado que encontró ocasionalmente en la vidriera de un local, y en el que se representaba un joven que huía de una casa, una mujer madura colérica que le tiraba su sombrero y una joven aldeana llorando. En la Biblioteca Nacional de París, Cyril Beaumont, el historiador inglés de ballet, encontró la réplica, de Pierre-Philippe Choffard, de una aguada de Pierre-Antoine Baudoin que corresponde precisamente a la descripción de Maurice y que es en nuestros días aceptada como la fuente más verosímil del ballet.

Estrenado en Burdeos con el título moralizante de “No hay más que un paso del mal al bien”, la obra se llamó a veces “Ballet de paja” porque se desarrollaba en una granja. La primera vez que se la bautiza “La fille mal gardée” parece haber sido durante las representaciones en el King’s Theatre en el Pantheon de Londres, el 30 de abril de 1791. A partir de ahí, el ballet parte hacia otras escenas europeas (entre ellas, Viena, Marsella, Lyon y Nápoles) y llega a París donde, en 1803 (el 20 Vendimiario Año XII-N.d.T.) fue montada en el Teatro de la Porte Saint-Martin.

La música del ballet original de Dauberval era un conjunto de aires populares franceses y aires de óperas de la época arreglados por Franz Ignaz Beck, quien probablemente formaba parte del equipo del teatro de Burdeos y/o de la orquesta. Para el reestreno en la Opéra de París en 1828 con una coreografía de Jean Aumer (alumno de Dauberval), Ferdinand Hérold (1791-1833) (él mismo compositor de una docena de óperas y de varios otros ballets, músico sensible y de talento rico en recursos) escribió una nueva partitura. No existiendo problemas de derechos de autor en esa época, no tuvo escrúpulo en “tomar prestados” a otros compositores los temas que podían servirle para su objetivo. Es así que tomó de Rossini “la tormenta” de “La Cenerentola” (ópera estrenada diez años antes) y el tema del coro de entrada de “El Barbero de Sevilla”. Pero es Hérold quien escribe la música más atractiva, que por su estilo y su buen humor comunicativo, permite al ballet mantenerse en el repertorio parisino durante un cuarto de siglo. La obra incluso le permite un extraordinario éxito personal a la bailarina Fanny Elssler para quien fue agregado un nuevo “pas de deux” en 1837, esta vez con una música adaptada de “L’elisir d’amore” de Donizetti.

Entretanto, la versión original había sido exportada a Rusia por Charles Didelot al cuál Dauberval había enseñado el rol de Colas. Desde 1818 Didelot la da en San Petersburgo. Sin embargo, en el repertorio ruso, el ballet adquiere gran celebridad después de haber sido bailado por Fanny Elssler en San Petersburgo y Moscú, a partir de 1848 y con la nueva partitura de Hérold. Pero su historia se complicaría con Peter Ludwig Hertel, quien fue invitado a escribir una nueva música que Paul Taglioni utiliza en 1864 para la representación en la Opera de la Corte de Berlín (donde fue maestro de ballet de 1865 a 1883).

Sobre la de Hérold, Hertel compone una partitura que, en sustancia, era bastante nueva y que favorecía la orquestación más masiva acorde a la orquesta de la ópera alemana y a los gustos de los directivos del teatro. Esta forma musical fue retomada para la producción del Ballet Imperial Ruso (1885) coreografiada por Marius Petipa y Lev Ivanov (quienes, posteriormente, pondrían en escena la versión clásica de “El Lago de los Cisnes”). Hasta nuestra época, el ballet fue conocido, en Rusia, bajo el nuevo título de “Vanas precauciones”.

A partir de 1912, Anna Pavlova y su compañía bailaron una versión resumida, durante una gira por Europa y otros países. Pero su reciente popularidad iba a ser el éxito del Mordkin Ballet con base en New York (años 1930), del Ballet Theatre (1940 - revisión de Bronislava Nijinska), de los Nouveaux Ballets de Montecarlo en 1946 y de los Grands Ballets del Marqués de Cuevas el año siguiente. En 1960, Sir Frederick Ashton presenta su versión - la más célebre- para el Royal Ballet de Covent Garden, retomando la música de Hérold en un nuevo arreglo de John Lanchbery. Para la producción de Heinz Spoerli, Jean-Michel Damase realizó otra adaptación pero, esta vez, de las partituras de Hérold y Hertel.

Porque hay en ella elementos de comedia, de pantomima, de farsa, de lirismo y de estilo de “bravura”, “La fille mal gardée” no ha dejado jamás de encantar a su público. Una larga tradición quiere que el rol de la madre (a quien a veces se llama “Viuda Simone”) sea bailada por un hombre travestido. Aunque no hayamos recibido nada de la coreografía de Dauberval, se cree que la escena mímica de Lisa en el segundo acto (evocación de la maternidad) pertenece al ballet original. El rol de Lisa ha interesado a generaciones de bailarinas: de Fanny Elssler en París a Virginia Zucchi en San Petersburgo, a Pavlova, Tamara Karsavina, Lucía Chase, Irina Baronova. Y otras como la bailarina de origen ruso Nadia Nerina en los Estados Unidos (versión Ashton para el Royal Ballet),y en la Unión Soviética Valentina Kozlova, quien ha dejado el Bolshoi para instalarse en el Oeste en 1979. Beneficiarse de una popularidad continua, llegado a su tercer siglo de existencia es, para el ballet “La fille mal gardée”, una especie de homenaje a él mismo.


Ana Pavlova, Irina Boronova, Nadia Nerina y Valentina Kozlova

1989 Noël Goodwin
Traducción
Liliana Couto

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